El fantasma de Harlot by Mailer Norman

El fantasma de Harlot by Mailer Norman

Author:Mailer, Norman [Mailer, Norman]
Format: epub
Tags: General Interest
Published: 2009-12-13T03:09:52+00:00


Por supuesto, la carne no era muy difícil de hallar en los burdeles de Montevideo. Conocí la alegría del principiante ante la caza ilimitada. Hubo un mes o dos en que fue así de simple. Grabado en mi retina, e impreso en mis ijadas, estaba el emblema del sexo de Sally sobre la silla soviética, y esta conjunción de los superpoderes que me había brindado su libidinoso pubis.

Porringer fue mi guía durante la primera noche, y me hizo un comentario sobre todas las chicas. «Esa morena regordeta es mejor de lo que parece; tiene un cono apretado.» Y la morena regordeta me dedicó una amplia sonrisa, mostrándome dos dientes de oro. «Tiene la cosita más bonita quehayas visto, pero sólo toma por el camino sucio -me dijo de una muchacha delgada, ágil y taciturna cuyo rasgo más sobresaliente eran las nalgas -. Aunque, maldita sea, ¿por qué no? – agregó dándome un codazo para indicarme una beldad alta, con el pelo de un falsísimo color rojo púrpura, que en ese momento descendía por las escaleras-. Ésta no tiene otra cosa que ofrecer quela boca. Ni se te ocurra tocarla más abajo; está enferma. Pero la boca vale por el resto, y la penicilina te mantendrá sano.» Se echó a reír y tomó un trago de su cerveza. Era un asiduo de los prostíbulos. Según me enteré una noche en La Arboleda de las Mujeres, su familia había llegado a Oklahoma antes de la invasión de tierras de 1889. También tuve una visión de las raíces de Porringer y de Sally. Generación tras generación había vivido en esas largas y pobres llanuras donde lo único que abundaba era la austeridad y el polvo (o eso me imaginé, pues poco sabía de Oklahoma). Tal como me pareció, la simple avidez humana se había visto en aquellas tierras tan desprovista de satisfacción, que lo que dominaba era el último nervio humano, el que conduce alalma. Después de sufrir privaciones durante generaciones enteras, la voracidad había hecho erupción en Porringer y en Sally, el cerdo y su cerda. Sí, las heridas que había sufrido me impedíanser bondadoso, pero Sherman no se habría sentido molesto por mis sentimientos. Él, buen agricultor legionario del Imperio americano, se veía a sí mismo como propietario de las mujeres de los paísespor los que viajaba; eran buen alimento para su omnívoro pene. ¿O eso quizá me describía también a mí, a pesar de las diferencias regionales?



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